La Invitación
Por Francis Ridley Havergal
La Invitación
Por Frances Ridley Havergal (1836-1879)
“Venid a mí” (Mateo 11:28).
¡Cuán buenas y dulces palabras parar tu almohada esta noche! Jesús las dice para ti.
“¿Cómo puedo saber eso?” Bueno, son palabras para todo el que esté trabajado y cargado. ¿No sabes lo que es estar cansado y agotado en ocasiones? Quizás sepas lo que es sentirse casi cansado de tratar de ser bueno—agotado de desear poder ser mejor. Puedes ver, por tanto, que es a ti a quien Él dice “¡Venid!”
Si todavía no has ido a Jesús, también estás cargado, aunque no lo sientas así. La carga del pecado es lo suficientemente pesada para hundirte en el infierno, a no ser que Jesús la quite de ti. De manera que es a ti a quien Él dice: “¡Venid!”
Y para que no vayas a pensar que esto lo dice sólo para los mayores, dijo: “Dejad a los niños venir a mí” (Mateo 19:14). ¿Eres niño? Entonces a ti dice: “¡Venid!”
“Si Él estuviera aquí, y si pudiera verle, me gustaría ir a Él.” Él está aquí, tan cierto como que tú lo estás. Imagina que tu madre y tu se encuentran en una habitación oscura juntos, y ella dice: “¡Ven a mí!”, no te detendrías a decir: “Iría si pudiera verte”. Dirías: “¡Voy de camino, madre!” Y rápidamente cruzarías toda la habitación y estarías a salvo a su lado. El no verla no haría ninguna diferencia.
Jesús te llama ahora, esta misma noche. Él está aquí en esta habitación. ¿No le vas a decir ahora mismo: “¡Voy de camino, Señor Jesús!”, ni le pedirás que extienda su mano y te ayude a venir y que te acerque lo más posible a Él?
Sí, a Él mismo, al bendito, amado Señor Jesús, quien te amó y se dio a sí mismo por ti, quien ha esperado pacientemente por ti, quien te llama porque quieres que vengas y seas su pequeña oveja, para tomarte en sus brazos y bendecirte. ¿Le dejarás esperando todavía más? ¿No vas a ir?